Las grietas

Te gusta fotografiarte desnuda, tu cuerpo blanco sobre el fondo agrietado y oscuro de esta habitación abandonada. La casa pertenece a tu abuela. Todos los días pasas aquí las tardes, pensando en la siguiente fotografía y después en la siguiente. Ahora estás tumbada en el suelo. La cámara, que reposa al fondo de la sala, sobre un trípode barato, está a punto de disparar, y ahora debes darte prisa y colocarte en la posición exacta. Pero la postura es rígida, no consigues la calma y el disparo ha sonado, un pequeño clic y ya está. Solo dentro de unos días sabrás si te has movido en el momento apropiado y tu rostro o tu cuerpo aparecerán entre brumas, como te sientes ahora, como un cuerpo desecho, fragmentado.

Te has levantado del suelo, la pierna derecha comenzaba a dormirse. Recoges el vestido del suelo. Lo sacudes en el aire y el polvo flota a tu alrededor, un polvo oscuro que ha manchado tus piernas, seguramente también tu espalda, pero no tienes cerca un espejo.

Decides fotografiarte la espalda, también desnuda, sobre esta pared cuarteada por el tiempo cuyas grietas parecen un cuadro de un pintor hiperrealista. Mueves el trípode, ahora la luz entrará por la izquierda. Pronto será de noche, debes darte prisa si quiere intentar una nueva fotografía. El trípode descansa en el centro de la habitación. Piensas en el encuadre, piensas en la pared, piensas en tu cuerpo demasiado blanco, piensas en la fotografía que saldrá de este disparo. Activas el temporizador y muy despacio, como si quisieras que la calma fuera parte de la fotografía, caminas hacia la pared, la observas, observas cada una de sus muescas, de sus deterioros que la convierten en única y perfecta, como el escenario de un alma. Vas acercándote muy despacio, como si solo existieran en el mundo la pared y tu presencia, te acercas tanto a ella que puedes mancharla con el aliento de tu boca, acaricias sus grietas, estiras los brazos intentando abarcarla en un gesto parecido al amor, tu mejilla se desliza por la pared, tu cuerpo se mueve como si bailaras. Y el chasquido de la máquina te avisa que todo terminó. Te gusta el tacto de la pared, la frialdad sobre tu mejilla, sobre tus brazos y tus senos.

La luz del exterior comienza a apagarse. Pronto no verás nada. No hay bombillas, ni velas, ni nada que te permita llegar a la puerta y salir a la calle. Pero no puedes apartarte de la pared, es como si te aferrara las entrañas, como si un imán te uniera a sus grietas, a sus imperfecciones, a su calidez o frialdad, no sabes ahora mismo si tu cuerpo arde o la pared arde.

Con mucho esfuerzo consigues separarte. Pero después, camino de casa, recordarás a esas personas que pasean por el bosque y se abrazan a los árboles.

Te vistes lentamente, afectada todavía por el extraño calor de esta pared tan fría. No puedes explicarlo con palabras, simplemente esperas que la cámara haya captado ese momento, que la fotografía revele la extraña conexión que has sentido al tocar la pared, al pasar tus manos por sus grietas frías.

Tus ojos se han acostumbrado a la penumbra. No hay oscuridad total, como tampoco hay silencio total. Nunca. Simplemente nuestros ojos nos engañan, tan dificultosamente pasan de un estado de luz a un estado de oscuridad. Pero cuando el proceso es lento, como ahora al final de la tarde, los ojos se acostumbran, ven las sombras en la noche, ven los objetos definidos en una imprecisión oscura, como el trípode que todavía permanece en el centro de la habitación mientras te recuestas en la pared, con el vestido puesto.

Sabes que debes marcharte, que todavía te queda mucho camino hasta casa. Que tus padres se preocuparán si no llegas a la cena.

Podrías seguir haciendo fotografías, seguir probando a oscuras, pero no hay luz, no hay suficiente luz para que nada se impregne en la película. Y además no tienes ganas, estás vacía, necesitas descansar, dormir un poco, quizá aquí sentada, recostada en la frialdad de esta pared que hace un momento ardía.

O quizá debas marcharte, recoger la cámara y el trípode e irte a casa. Cenar algo caliente y acostarte y dormir. Mañana volverás a encerrarte aquí, entre estas paredes desconchadas, con la misma frialdad en el cuerpo, en las grietas, en las luces que llegan por la ventana, matizadas por unas cortinas sucias y un cristal casi opaco.

Con un esfuerzo que no sabes de dónde proviene, consigues levantarte, el cuerpo anquilosado, casi dormido, la conciencia turbada, oscura como la habitación y la noche. Te levantas y te acercas al trípode. Recoges lo que has traído: una bolsa en donde guardas la cámara, y una funda barata para el trípode barato. La puerta está cerca, solo tienes que andar unos pasos, coger el pomo y salir. Echarás la llave y bajarás las escaleras. Pero aún no puedes hacerlo, porque una brisa oscura y caliente te está envolviendo, recuerdas la textura de la pared, la forma de las grietas, la frialdad que se transformó en un calor agradable, en un calor de útero materno en donde refugiarse hasta que el peligro pase, hasta que todo desaparezca y el peligro no exista, hasta que recobres el valor necesario para enfrentarte al mundo y salgas de nuevo.

[© Fotografía de Francesca Woodman.]