Goethe y su Elegía de Marienbad

Transcribo aquí uno de los más hermosos poemas de la literatura universal, en la traducción de Rosa Sala Rose.
 

Elegía de Marienbad - Johann Wolfgang Goethe
 

Cuando el hombre suele enmudecer en su tormento,
a mí me ha dado un dios expresar lo que padezco.

¿Qué me cabe esperar del reencuentro,
de la flor de este día aún cerrada?
Se abre ante ti el paraíso o el infierno;
y se te estremece el alma acobardada.
¡Ya no dudes más! Ella sale al umbral del cielo
haciéndote flotar hacia sus brazos abiertos.

Fue así como te recibió el paraíso,
como si la dicha eterna merecieras;
esperanzas, deseos y anhelos extinguidos:
tenías allí el fin de tu ambición secreta
y, esta belleza única contemplando,
se secó la fuente ansiosa de tu llanto.

¡Cómo bate el día sus alas impacientes
como si el pasar de los instantes empujara!
Oscurece y lealtad su beso te promete,
el mismo que sellará la tarde de mañana.
Las horas fluyen dulcemente parecidas,
mas fluyen como hermanas, siempre algo distintas.

Otro beso, el último, terrible y dulce,
escinde un tejido espléndido de afectos.
El pie corre, se detiene, el umbral elude,
cual si flamígera espada impidiera el regreso.
La mirada afligida escruta la oscura senda
y se vuelve un instante: cerrada está la puerta.

Y ahora, se te encoge ensimismado el corazón
como si nunca te hubiera brincado en el pecho;
cual si las radiantes horas que a su lado gozó,
no rivalizaran con las estrellas del cielo.
Ahora el hastío, reproche, pesar y desaliento
en atmósfera opresiva lo lastran con su peso.

Pero, ¿no te queda aún el mundo? Los collados,
¿no siguen coronados por sombras sagradas?
¿Es que la cosecha no madura? Un verde prado,
¿no bordea el río entre pastizales y matas?
Y la inmensidad ¿su bóveda el mundo no envuelve,
ya sea rica en formas o informe tantas veces?

Qué leve y frágil, sutilmente entretejida,
surge seráfica de entre las nubes oscuras
sobre el azul del cielo, a ella parecida,
una figura etérea de cristalina bruma.
Así veías dominando el alegre baile
a la más bella de las criaturas adorables.

Mas sólo unos instantes puedes resignarte
a retener a un espejismo en su lugar;
¡vuelve al corazón! Es una sede más fiable,
en la que ella se agita en metamorfosis tenaz;
entre miles de formas, se te impone sólo una,
cada vez más hermosa en su proteica figura.

Así como yo la vi aguardarme en el umbral
para hacerme luego a cada instante más dichoso,
darme un beso y venirme de nuevo a buscar
para otorgarme otro, el último de todos:
tan diversa y clara permanece su imagen
grabada a fuego en mi corazón amante.

En mi corazón, que firme cual fortaleza
se conserva sólo para conservarla a ella,
por ella se congratula de su propia firmeza,
sabiéndose vivo cuando se le manifiesta,
sintiéndose libre en tan querido calabozo
y latiendo ya sólo para agradecérselo todo.

Si se me había agotado la capacidad de amar
junto con la necesidad de ser correspondido,
¡la fragua de nuevos planes ocupó su lugar,
de gozosa creación y apresurado ejercicio!
Si alguna vez el amor inspiró al amante,
más dulcemente vino en mí a manifestarse.

¡Y fue por ella! Un íntimo desasosiego
cuerpo y alma me había cubierto con su losa:
en la desolación del corazón desierto
me rodeaban imágenes aterradoras.
Pero ahora intuyo esperanza en aquel umbral
en que ella aparece en tan dulce claridad.

A esa paz de Dios que, más que cualquier razón,
–según leemos– os hace dichosos aquí abajo,
bien comparo yo la paz gozosa del amor
cuando se da en presencia del ser más amado.
Pues el corazón se calma y ya nada perturba
el sentido más profundo: que mi alma sea suya.

En lo más puro del pecho palpita el afán
de a un ser más puro, desconocido y extraño
entregarse agradecido, con total libertad,
penetrando el enigma del eterno Innombrado.
¡Lo llamamos devoción! De tal magnificencia
siento que participo cuando estoy con ella.

Ante su mirada, como frente al fulgor del cielo,
ante su aliento, como ante un día de primavera,
se funde en las insondables grutas del invierno
el egoísmo que largamente languideciera.
Ni egolatría ni veleidad pueden perdurar,
pues huyen nada más verla sin regresar jamás.

Es como si ella dijera: “hora tras hora
amablemente se nos ofrece la vida,
de bien poca cosa el pasado nos informa,
y de todo saber el futuro nos priva.
Y si alguna vez a la noche tuve miedo,
también en la oscuridad supe ver el cielo.

Por eso haz como yo y, con juicio alegre,
¡encara el instante! ¡No esperes más!
Corre a buscarlo, vigoroso e indulgente,
sea en tus actos o en el gozo de amar.
Si sabes ser niño allí donde te encuentres,
lo serás todo y no podrán vencerte.”

Para ti es fácil, pensé, por compañera
la gracia del instante un dios te ha dado,
y no hay quien a tu lado no se sienta
de inmediato el favorito de los hados.
Mas lo que temo yo es tenerte que dejar.
¡De qué me sirve aprender esa verdad!

Y ahora, ¡lejos estoy ya! A este momento,
¿qué le corresponde? No sabría expresarlo.
Motivos me ofrece para gozar de lo bello,
mas de este lastre quiero verme librado.
Me mueve sólo una indomable añoranza
y salida no veo más que las lágrimas.

¡Seguid brotando, pues! ¡Y fluid sin calma!
Aunque no cabe esperar que apaguéis mi fuego.
Mi pecho agitado descansa o se desgarra
donde vida y muerte lidian brutal duelo.
Bien que hay hierbas contra el dolor del cuerpo,
pero inane e indeciso está mi pensamiento.

Pues desconoce la manera de añorarla.
Reproduce su imagen por millares,
en figura que vacila o le arrebatan,
confusa a veces y otras tan radiante.
¿Cómo iba a ser el más mínimo consuelo
este ir y venir, este eterno regreso?

¡Dejadme aquí, compañeros de camino!
A solas entre rocas, pantanos y desiertos.
¡Adelante! El mundo os abre su sentido,
ancha la tierra y excelso el firmamento.
Ved, investigad, y acumulad detalles,
seguid persiguiendo los misterios naturales.

Yo que un día favorito de los dioses fuera,
me he perdido a mí mismo y al universo.
Pues me enviaron a Pandora como prueba,
rica en dones y aún más rica en riesgos.
Hacia sus labios dadivosos me impelieron,
y al separarme de ellos, me destruyeron.


Aquí el poema leído por la traductora: