Cortar leña

Un invierno aprendí a cortar leña. Recuerdo el sonido seco, las astillas volando, la posibilidad de matarme de un hachazo en la pierna o cercenarme un pie y desangrarme. Pero no es posible cortar leña con remilgos de ciudad, hay que poner el alma en cada dentellada que hiende el tronco, en cada golpe frío.

Durante los primeros días en el pueblo mis vecinos se reían de mi torpeza. Sus risas eran golpes, pero el frío era mayor que el miedo, o el miedo al frío mayor que el miedo a la muerte.

No sabía qué hacer, en medio del jardín, parado delante del hacha enterrada en la nieve, delante del tocón seco de un árbol muerto, delante de las ramas que esperaban el hacha, delante del miedo.

Ignoraba si el hacha estaba afilada ni cómo cogerla con firmeza. Recordaba algunas películas con protagonistas atormentados que descargaban la furia sobre la madera que se rompía en dos. Pero todo iba a ser más complicado. Pensé en películas de terror cuyo asesino utiliza con maestría un hacha como la mía. Pensé en asesinos en serie, en asesinatos y mucha sangre, pero no me ayudó. Nadie me ayudó. Ni siquiera cuando me vieron parado delante del hacha, tiritando de frío o de miedo. Solo risas miserables. Solo risas. Quizá podría asesinarlos, aprender a utilizar el hacha descuartizando sus cuerpos. Después, cortar leña habría sido sencillo. Esa era una buena idea: ejercitarme con sus cuerpos y regar de sangre miserable el campo blanco de este pueblo triste. Experto en hachas y asesinatos, pondría en mi tarjeta a partir de entonces. Un verdadero experto.

Las risas seguían a mi espalda, pero las ganas homicidas habían desaparecido. Tenían razón. En el fondo, tenían razón. Merecía morir de frío, que me encontraran días después conservado en escarcha, tumbado en el camastro, debajo de las mantas insuficientes.

Me quité los guantes rígidos por el frío. Agarré el mango del hacha. No podía sentirlo con claridad. Si al menos pudiera cortar unos pocos pedazos con los que calentarme y coger fuerzas para seguir cortando, pensé. Pero allí nada era sencillo. Abandoné.

Esa noche, más fría que las anteriores, creí morir, aunque ahora sé que no es cierto. Pero al día siguiente todo fue distinto. Necesité veinte hachazos indecisos, quizá más, para partir en dos trozos una rama del grosor de un brazo. Y seguí golpeando y golpeando hasta reunir una cantidad suficiente de leña. Ningún corte fue limpio, pero eso no importaba. Ese día pude calentarme. Ese día pude cocinar encima del fuego y los alimentos sabían a victoria.

Al cabo de los días mi técnica no mejoró, pero había perdido el miedo y el frío. Los vecinos ya no reían. Incluso creí percibir en sus miradas un atisbo de complicidad, una sensación de pertenencia a la manada. Recuerdo que pensé: "ahora sé manejar un arma y soy un tipo peligroso". Pero en realidad nada cambió, o cambió todo, no estoy seguro. Quizá solo aprendí a cortar leña.